Desde los albores de la historia, los seres humanos han buscado el rostro de Dios, han deseado acercarse a Él.

 

 Las pinturas rupestres no dejan de ser toscos intentos de acercamiento a lo divino: petición de ayuda en la caza, de fecundidad para la familia y el ganado, de vida más allá de la muerte para los difuntos. Cuando los hombres vivían en cuevas o en chozas de paja, de las que no nos queda ningún vestigio, ya elevaban monumentos a los dioses y túmulos funerarios de piedra, que todavía hoy perviven: dólmenes y construcciones megalíticas, primero; templos, pirámides y zigurats, después. Las más antiguas manifestaciones que conservamos de la arquitectura, de la pintura, de la escultura, de la escritura... son obras religiosas, realizaciones del deseo de trascendencia que arde en el corazón del hombre. Quienes hayan leído Del sentimiento trágico de la vida, de Miguel de Unamuno, entenderán mejor a qué me refiero.

Todas las religiones son manifestación de un primordial movimiento ascendente de la humanidad hacia Dios. Desde sus orígenes, los seres humanos sienten la necesidad de trascendencia en lo más profundo de su ser: buscan, inventan, sueñan, nunca se sienten totalmente satisfechos con lo que ya conocen o poseen. En definitiva, ansían a Dios y caminan a su encuentro. Esfuerzo que surge de una necesidad interior escrita en nuestro corazón por Dios mismo, ya que fuimos creados para la comunión con Él y nuestro corazón anda inquieto hasta que lo encuentra, como nos recuerda San Agustín. Pero esfuerzo estéril, al fin y al cabo, ya que Dios siempre supera lo que podemos pensar o comprender. Todas nuestras torres de Babel están condenadas al fracaso, porque el cielo desborda nuestra capacidad, queda siempre más allá de nuestras posibilidades.

El Cristianismo, por el contrario, representa un movimiento descendente de Dios hacia los hombres. En Jesucristo ha terminado la búsqueda de la humanidad, porque es Dios mismo el que nos ha buscado a nosotros, respondiendo a nuestros deseos más profundos, saliendo a nuestro encuentro: «A Dios nadie lo ha visto nunca. El Hijo Único de Dios, que es Dios y está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer» (Jn 1, 18). Por lo tanto, como nos recuerda la Dominus Iesus, las creencias de las religiones son las experiencias y pensamientos que los hombres, en la búsqueda de la verdad, han ideado y creado en su referencia a lo Divino y Absoluto. A través de ellas, aunque contengan lagunas y errores, muchas personas se han encontrado con Dios, que no deja de hacerse presente de muchos modos en personas y pueblos para ofrecer su salvación. Pero la revelación de Jesucristo tiene un carácter definitivo y completo. Con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, señales y milagros, con su muerte y resurrección, y con el envío del Espíritu Santo, lleva a plenitud toda revelación. El verdadero rostro de Dios sólo lo podemos conocer mirando a Jesucristo: «Llevo tanto tiempo contigo, ¿y aún no me conoces? Quien me ve a mí, ve al Padre» (Jn 14, 9). Jesucristo es el Camino por donde Dios ha venido a nuestro encuentro y nos ha revelado su identidad. Él es el «Enmanuel», el «Dios-con-nosotros».

Al mismo tiempo, Jesús es el Camino que nos lleva al Padre, la única posibilidad que tiene el hombre de encontrar la plenitud de la vida: «Yo soy el Camino y la Verdad y la Vida. Nadie puede llegar hasta el Padre, sino por mí» (Jn 14, 6). Todos los que se salvan, aunque no lo sepan, se salvan por Cristo: «Con su muerte, el Hijo nos ha obtenido la redención y el perdón de los pecados... llevando la historia a plenitud» (Ef 1, 7ss). A través de su costado herido en la Cruz, se nos abre la antigua puerta cerrada del Paraíso. De su mano podemos llegar a las Moradas del Cielo, en las que Él mismo ha preparado un sitio para nosotros.

2. JESÚS ES LA VERDAD.

Lectura de Juan 1, 1-18:«Al principio, ya existía la Palabra. La Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios... Por medio de ella se hizo todo... La Luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la sofocaron... Vino a los suyos y los suyos no la recibieron... Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros... A Dios nadie lo ha visto nunca, el Hijo Único, que es Dios y que está en el seno del Padre nos lo ha revelado».

El prólogo del Evangelio de S. Juan nos introduce en los temas que después desarrollara el libro: Jesús es el único que nos puede revelar el verdadero rostro de Dios, porque es el único que conoce su misterio desde dentro. Él es la «Palabra». Muchos profetas nos han hablado de Dios. Ellos oyeron y vieron algo del misterio de Dios, pero sus palabras son siempre insuficientes para hablarnos de Dios, que es siempre más grande de lo que los hombres pueden entender. Sólo Jesús es el Revelador perfecto del Padre, porque nos habla de lo que conoce por experiencia desde toda la eternidad. Ante él hay que hacer una elección: o acogemos la luz o permanecemos en las tinieblas. Algunos lo acogen con fervor y otros lo rechazan con violencia, pero a nadie deja indiferente.

Miramos nuestra vida. Los seres humanos no podemos vivir aislados. Necesitamos relacionarnos y comunicarnos. Por eso, la palabra es uno de los dones más preciados que poseemos. Gracias a ella expresamos lo que somos lo que sentimos, lo que necesitamos... Pero comunicarse no es siempre fácil. A veces podemos equivocarnos e incluso mentir con nuestras palabras. Todos sabemos que, en ocasiones, no es posible desarrollar un diálogo sincero con muchas personas.

Algunas veces hemos encontrado un gran consuelo cuando hemos podido compartir nuestra pena con otra persona. ¿Recuerdas alguna experiencia positiva, en que te haya ayudado decir a otro lo que te pasaba?

Otras veces nos hemos arrepentido de haber dicho algo que después se ha usado en contra nuestra. ¿Recuerdas algún caso concreto?

Escuchamos la Palabra de Dios. El Evangelio de Juan comienza con una afirmación sorprendente: Dios quiere comunicarse con nosotros, y ya desde antes de la creación del mundo ha pensado y preparado una manera de relacionarse con los seres humanos.

El texto comienza diciendo: «Al principio... existía la Palabra» (Jn 1, 1). Las mismas palabras que se utilizan al inicio de la Biblia: «Al principio... Dios creó el cielo y la tierra» (Gn 1, 1). La Palabra de Dios ya está junto a él desde «el principio», desde antes de la creación. Es tanto como decir que, ya antes de poner manos a la obra en la formación del universo, Dios tenía ganas de hablar, de dialogar, de relacionarse. En su seno había una Palabra que deseaba pronunciar para comunicarse a sí mismo. Y esa Palabra no es una criatura, ya que «la Palabra era Dios».

Entre la Palabra y Dios se da una relación de intimidad y comunión, entre ambas existe un dinamismo de diálogo y amor que los lleva a proyectarse hacia fuera porque Dios quiere comunicarse. Por eso la primera "tarea" que la Palabra lleva a cabo es la de la creación: «Todo fue hecho por medio de ella».

La Palabra no es sólo el origen de la creación en general, también es el origen de la vida para los seres humanos: «En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres». Vida y luz son los dos grandes dones que la Palabra ofrece a los seres humanos. Y esta vida les iluminará si éstos aceptan su propuesta de diálogo. Y esa vida les iluminará para que no caminen en medio de las tinieblas. Fuera de este diálogo con Dios, la vida humana carece de sentido. Aunque hay quienes prefieren permanecer en la oscuridad, queda lugar para la esperanza, porque «las tinieblas no pueden sofocar a la luz». Juan el Bautista da testimonio de Jesús, la Palabra hecha carne. A cuantos, como él, le reciben «les da el poder de hacerse hijos de Dios».

A lo largo de los siglos, los hombres han querido conocer a Dios y han pensado muchas cosas sobre él, unas acertadas y otras no. De ahí surgen las religiones, tan variadas como las ideas de los hombres sobre Dios. La gran novedad del cristianismo es que Dios mismo nos ha hablado, su Hijo ha venido a nosotros y nos ha revelado lo que no podíamos descubrir sólo con nuestras fuerzas. Cristo es el revelador del Padre. «El Hijo que es Dios nos lo ha revelado» (Jn 1, 18). El texto griego dice literalmente «exegheomai», es decir: «nos ha hecho la exégesis». La exégesis es el estudio de un escrito antiguo, viendo cómo se usan las palabras, cuál es su origen y su significado, desentrañando el contenido del texto. Esto ha hecho Jesús con nosotros: nos ha explicado con paciencia quién es Dios, cómo actúa, etc.

Después de leer el texto con atención intentamos responder a estas preguntas:

¿Qué relación hay entre Dios (el Padre) y la Palabra?

¿Qué relación hay entre la Palabra y la creación?

¿Qué puede ofrecer la Palabra a los hombres? ¿Qué hace para comunicarse con ellos? ¿Cómo la acogen los hombres?

Volvemos sobre nuestra vida. La Palabra de Dios no enmudece nunca. La historia de la comunicación entre Dios y los hombres tiene aún muchos capítulos por escribir. Él quiere seguir dialogando con nosotros. Pero ante su Palabra nuestra postura puede ser muy diversa. Podemos acogerla o rechazarla.

¿De qué maneras sigue comunicándose Dios con nosotros hoy?

La principal comunicación de Dios al hombre siempre será su Hijo. En él nos ha dicho todo lo que necesitamos saber para ser felices. ¿Le escuchamos? ¿Cómo y cuándo nos habla?

¿Soy consciente de que la verdad que Jesús me enseña no es sólo algo intelectual, sino que compromete toda mi vida?

3. JESÚS ES LA VIDA.

Lectura de Juan 11, 1-40:«Un hombre llamado Lázaro había caído enfermo... Marta dijo a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto"... Jesús afirmó: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre"... El muerto salió del sepulcro».

El Evangelio de S. Juan consta de un prólogo (Jn 1) y de dos partes bien diferenciadas. A la primera se la llama «libro de los signos» (Jn 2-12). En ella se cuentan siete grandes milagros de Jesús (él siempre los llama signos) unidos a sermones de Jesús que explican su significado. La transformación del agua en vino en Caná sirve para explicar que con Jesús se cumplen las promesas de los profetas, que anunciaban el desposorio de Dios con su pueblo. La multiplicación de los panes sirve para explicar que Jesús es el pan de la vida. La curación del ciego de nacimiento sirve para explicar que Jesús es la luz del mundo... El último de los signos, antes de la muerte del Señor, es la resurrección de Lázaro y sirve para manifestarnos que Jesús es más fuerte que la muerte, que él acepta la suya libremente, pero que la muerte no tiene poder sobre él.

La segunda parte es llamada el «libro de la pasión y la gloria» (Jn 13-21) y recoge los acontecimientos de la Última cena, la oración sacerdotal de Jesús, su condena, muerte y resurrección.

El texto que vamos a estudiar es, pues, el nexo de unión entre la primera y la segunda parte. Es el último de los signos de Jesús, el más poderoso y nos prepara a entrar en el «libro de la pasión y la gloria» sabiendo que Jesús es más fuerte que la muerte.

Miramos nuestra vida. Nuestra sociedad está empeñada en hacer más feliz la vida de la gente. En este empeño, va suavizando todo lo que molesta, apartando lo que estorba, silenciando gritos, acallando preguntas. Parece que hay interés por ocultar el sufrimiento y la muerte. Los enfermos son llevados a los hospitales, los ancianos a las residencias geriátricas y los muertos a los tanatorios.

Sin embargo, antes o después tenemos que vivir acontecimientos que nos presentan la realidad con toda su crudeza: una enfermedad incurable, un accidente de tráfico, la muerte de un ser querido. Entonces nuestras seguridades y nuestra propia existencia se tambalean.

¿Cómo se vive en tu entorno el hecho de la muerte? Desde tu experiencia personal, ¿Cómo te ha afectado la muerte de un ser querido?

En estos u otros momentos importantes de tu vida, ¿Has podido comentar con alguna persona en confianza lo que estabas viviendo? ¿Eso te ha ayudado?

Escuchamos la Palabra de Dios. Podemos releer despacio en el texto de Juan el encuentro de Marta con Jesús (Jn 11, 17-27). El episodio se sitúa en Betania, un pueblecito próximo a Jerusalén, cuatro días después del entierro de Lázaro. Parece que Jesús llega tarde a propósito: se trata de poner de manifiesto que la muerte de su amigo es real, con el fin de resaltar la grandeza del signo. El evangelista hace una detallada presentación de los personajes:

Marta, María y Lázaro son hermanos, amigos de Jesús. El se detenía con sus discípulos en su casa cuando iba a Jerusalén.

Los judíos, según sus costumbres, acompañan en el luto a los familiares del difunto. A pesar de lo que van a ver, algunos se resisten a creer en Jesús.

Jesús y sus discípulos han estado caminando varios días, porque Lázaro era su amigo.

La oscuridad que ha causado a Marta la muerte de su hermano, la anima a salir en búsqueda de la luz. Ella abre el diálogo con Jesús: «Si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». A pesar del dolor por la muerte de su hermano, manifiesta su confianza en el poder del Señor. Él había sanado a muchos y podía haber hecho lo mismo por su hermano, aunque ahora parece que ya es demasiado tarde. Marta, que creía en la resurrección en el último día se encuentra con la afirmación de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida». La vida eterna se hace presente en Jesús para los que han muerto y para los que aún viven. El que cree en Jesús, tanto si está muerto como si está vivo, no morirá para siempre, tiene ya la vida eterna. La vida ya se ha hecho presente entre nosotros por medio de Jesús. La muerte no es el final de la vida, sino sólo un paso más en nuestro caminar hacia la plenitud que ya ha comenzado entre nosotros. La pregunta de Jesús a Marta marca el culmen: «¿Crees esto?». Marta es capaz de reaccionar rápidamente y confesar su fe en Jesús.

Intentemos responder a estas preguntas:

¿En qué circunstancias se produce el encuentro entre Jesús y Marta?

¿Qué dice Jesús de sí mismo?, ¿Qué ofrece Jesús?

¿Cuál es la pregunta que hace Jesús a Marta?, ¿Cuál su respuesta?

¿Podemos decir que la fe de Marta avanza a lo largo de la conversación con Jesús?

Volvemos sobre nuestra vida. En su diálogo con el Señor, las convicciones de Marta se tambalean. El cambio de mentalidad que le exige no tuvo que resultarle fácil. Ella esperaba la resurrección en el día final. Jesús le dice que él mismo es la resurrección, ya presente en nuestra historia; que la vida eterna ya está presente entre nosotros y que no hay que esperar a morir para encontrarla (aunque sí que hay que esperar a morir para poseerla en plenitud, sin las limitaciones de la vida presente)

¿Te ha ayudado la experiencia de la muerte a madurar en la fe? ¿De qué manera?

¿Cómo debería influir nuestra fe en la resurrección en la forma de vivir la muerte desde ahora? ¿Y en la vida de cada día?